Orfandad Escolar

Escuela

SOLILOQUIOS AMBULANTES…

 orfandad escolar

Francisco Javier Reyes Medrano

“La educación debería ser la conciencia crítica de la sociedad, un espacio de confrontación de las ideas y de las acciones para pensar, repensar y transformar el mundo”

Frank Tilywey

Estoy como todos los días encerrado en este pequeño cuarto, pareciera ser que la calma que en él se respira es el reflejo de mi propia tranquilidad, sin embargo, me mantengo impaciente y pensante, cuestionándome algunas cosas que no logro alcanzar a comprender; y es que hace ya un año que soy un profesionista, como otros miles que cada ciclo escolar egresan de las diversas escuelas de nivel superior en este país.

La inquietud que ronda en mis pensamientos, me llevan a hacer un breve recorrido a mi historia escolar, desde que curse un año de Preescolar, seis de Primaria, tres de secundaria, tres mas de Preparatoria y cuatro más de Licenciatura.

Más de media vida la he pasado en los recintos escolares, han sido ellos mi segundo hogar, en los cuales se me ha ido media vida, he permanecido en ellos con la confianza y la alegría que caracteriza a los juveniles estudiantes; pero ahora que he concluido mi estancia en la escuela, esta  me ha dejado en la orfandad y me ha echado a la calle, me ha cerrado las puertas mientras se abren los portones del compromiso y la responsabilidad.

Todavía recuerdo, aquella tarde en que me gradué, los amigos me abrazaban mientras algunos otros familiares comentaban en medio de susurros, -ya que le preocupa, ya está del otro lado Susurros que me hacían sentirme tranquilo pues finalmente había conseguido lo que por años había buscado: obtener un título universitario.

En la entrada del cuarto en el que vivo, se aprecia dicho honor que logre obtener en toda mi trayectoria escolar; maestros, directivos y especialistas en educación hicieron una gran remembranza sobre la relevancia de asistir a la escuela y de formarse día a día, en aprovechar cada una de las clases dentro del aula escolar; cuya obtención del título profesional abriría un abanico de posibilidades para acceder a una mejor forma de vida.

Suspire pensando: ahora podre al fin obtener todo lo que he soñado,  el mundo esta rendido a mis pies, tal lo está el pueblo a su rey en cualquier monarquía de las épocas medievales; ahora puedo sentirme el rey del mundo, pues desde ahora pertenezco a un selecto grupo de personas que han podido concluir con éxito su escolaridad.

-Mientras hago estas reflexiones-,  recuerdo que mi vida nunca ha llegado a ser la misma, ya no tengo a que levantarme todos los días temprano para alistarme, desayunar a las carreras para salir a la esquina a esperar  y tomar el transporte público, para alcanzar a llegar a la clase del profesor que no tolera la impuntualidad, ya no tengo que trabajar los fines de semana en cualquier ocupación que permita obtener unos cuantos billetes para los gastos de  la semana, ahora eso ya no es necesario ya soy un profesionista ¡y las cosas han cambiado!  ¡Cuánto han cambiado!

Ahora el panorama es menos alentador, parece ser que el mundo me ha volteado la espalda, he visitado algunas opciones donde pueda ser tomado en cuenta, he llenado miles de solicitudes -mientras mi curriculum se empolva en las gruesas hojas de lista de espera- sin embargo, en todos lados piden un poco de experiencia, y en los que no, las chicas me llevan un sinfín de ventajas pues los viejos contratistas están ansiosos por tener en su guarida carne fresca para la semana.

El espacio al que asistí por tanto tiempo nunca menciono que esto pasaría, ni siquiera menciono que no sería tomado en cuenta, mas al contrario en todos los discursos y charlas que tenia con los altos directivos de los centros escolares en los que estuve, todos alardeaban diciendo que nosotros somos o mejor dicho éramos el futuro de esta nación; ojala estén equivocados por que esta muestra del futuro que ellos mencionan está al borde del suplicio y de la desesperación.

En casa, mis padres me han exigido a que colabore con los gastos del hogar, pues ya paso mucho tiempo desde que ellos han llevado el pan a nuestra morada, me dicen que están cansados y que su cuerpo ya no es el mismo al que era hace algunos años; estas palabras me hieren, pero las oportunidades no llegan.

Nadie ocupa a un recién profesionista más que sea en una agencia de taxis, o en una tienda de abarrotes -con todo respeto pero para eso no se ocupa ir a la escuela tantos años-, me ha dicho Don Balta el viejo de la frutería de la esquina, que me vio pasar diariamente en mi camino hacia la escuela; ese viejo que observó con detenimiento mi pasar diario es el abuelo de la familia, nunca fue a la escuela pero su sabiduría me tiene atónito y fuera de sí.

A pesar de su avanzada edad puede hacer más cosas que un cuerpo joven como el mío, ese hombre longevo mientras cuida su frutería, cose sillas a mano, elabora bancos con cartón a  ratos en que nadie visita su changarro. Mientras que este brillante profesionista apenas consigue elaborar unas cuantas letras para poder relatar la frustración que lo asfixia día tras día.

Envuelto en mis pensamientos hago una parada a mis recuerdos y vuelvo a preguntarme ¿acaso fui un pésimo estudiante? De pronto mi memoria me responde por sí sola: hace unos cuantos días en una de tantas entrevistas de trabajo, me encontré con Elizabeth y Diego los chicos más capaces que haya conocido, los mejores de la clase, los que siempre sobresalían por encima de los demás en la escuela, -mientras en la entrevista  de trabajo no pasaban de ser los simples 345 y 468 de la lista.

Ahí estaban como todos los demás, en el montón,  a la espera y expectativa de ser tomados en cuenta; pero esto no ha sido posible, han atendido hasta el numero 300 los demás ya no serán siquiera revisados sus expedientes. -Al menos yo tuve la posibilidad de que mi expediente se halla revisado-, pues me levante a buena hora para ser de los primeros, mientras Diego y Elisa -como le decíamos los cuates-, se marchan a buscar otra nueva oportunidad

No he podido soportar seguir siendo una carga para mis padres, y logre conseguir un espacio en este viejo cuarto donde ahora estoy sumido en mis pensamientos; lugar que un amigo del barrio me ha prestado para que lo ocupe, pues él vive fuera de la ciudad.

He tenido que sortear este destino tan cabrón, tan mexicano, a veces con una personalidad propia que desconocía poseer y que me motiva a no claudicar; otras tantas el alcohol y la mota han sabido fraguar la situación.

Finalmente, para aligerar mi condición recurro al uso del optimismo,  y me digo a mi mismo un tanto entusiasmado –en la adversidad es donde se forma el carácter de los hombres-, pero tengo claro, que en este país no hay igualdad de oportunidades y que las posibilidades de salir del atolladero son muy pocas, no se hace lo que se quiere sino lo que se puede, es pues la economía del optimismo llevada a la avaricia.